Practicando el Arte de Sentirse Bien

Cuando el el bienestar se piensa, se practica y se escribe

Sentirse Bien es un Arte

No un destino, no una promesa mágica, ni una lista rígida de reglas que cumplir para alcanzar un imposible estado de perfección. Este es el espíritu con el que nace Bitácora.

Dicen que todas las personas llevan consigo un cuaderno invisible. No pesa, no ocupa espacio en la mochila y, sin embargo, siempre está ahí, esperando que alguien lo abra. Algunas personas lo llaman diario, otras memoria, otras simplemente vida. Yo prefiero llamarlo bitácora, porque no describe lo que ya pasó, sino aquello que estamos aprendiendo a vivir.

La mía comenzó una mañana cualquiera, una de esas que no prometen nada especial. Había café sobre la mesa, una ventana entreabierta y un silencio suave que parecía pedir una historia. Fue entonces cuando surgió una frase, discreta pero firme, como un pensamiento antiguo que por fin encontraba su voz: “Quiero aprender a sentirme bien”.

No era un deseo grandioso ni una declaración transformadora. Era, más bien, una verdad sencilla y honesta, esa búsqueda silenciosa que tantas personas sienten pero pocas nombran. Quizás ahí empieza todo, en reconocer la necesidad sin adornos, sin dramatismos. Solo un gesto interno de sinceridad.

Con el tiempo entendí que el bienestar no era un lugar al que se llega ni un estado fijo donde una vez dentro ya no se sale. Era un movimiento constante, casi como una conversación que cambia cada día. No existe como meta, sino como proceso vivo que pide consciencia, educación, silencio, paciencia… y práctica.

También descubrí que no tenía que ver únicamente con “no estar enferma”. El bienestar era más amplio, más profundo, más complejo; era comprenderme como un sistema completo donde cuerpo, emociones, mente y espíritu dialogan entre sí, se influyen y se sostienen. Ninguna de esas partes podía entenderse por separado.

María Bear Loto

El cuerpo fue el primero en hablar. No con palabras, sino con señales discretas: un suspiro largo después de una jornada intensa, una tensión antigua escondida en los hombros, un cansancio que no se aliviaba con dormir, una energía inesperada que aparecía al moverme sin razón aparente.

Comprendí que el cuerpo es un hogar que siempre está contando algo, y que parte de este arte (porque empecé a verlo como un arte) consistía en aprender a escucharlo con calma, sin exigencias, sin los manuales rígidos que durante tanto tiempo había intentado seguir.

La mente llegó después, con su voz incansable. A veces susurraba, otras veces gritaba; inventaba historias, repetía otras, protegía, confundía, reconstruía. Pero también sabía narrar. Un día decidí prestarle atención como quien escucha un cuento, no para creer cada palabra, sino para entender el hilo, reconocer los patrones, distinguir lo heredado de lo aprendido.

Descubrí que cuidarme no era “pensar positivo”, sino relacionarme de otro modo con mis pensamientos, con cierta distancia, con curiosidad y sobriedad. Como quien acompaña su propio relato sin necesidad de corregirlo a la fuerza.

Después llegaron las emociones y, con ellas, el impulso de clasificarlas en buenas o malas, útiles o incómodas. Pronto entendí que ninguna era peligrosa en sí misma, todas eran mensajeras. Entraban de modos distintos (a veces como ráfagas, otras como brisas, otras como marea), pero siempre traían algo que necesitaba ser atendido: un límite, un deseo, una herida, un cansancio.

En vez de esconderlas, empecé a darles un lugar, una silla, un momento. A preguntarles qué tenían que decirme. Y comprendí entonces que el bienestar no es ausencia de emociones difíciles, sino la capacidad de sostenerlas con humanidad.

En paralelo, el mundo exterior también empezó a hablar a través de la forma en que comía, el descanso que posponía, la manera en que me movía o dejaba de moverme, las relaciones que me nutrieron o me drenaron y los silencios que me devolvieron claridad.

Todo parecía formar parte de un mismo mapa. Cada gesto tenía un efecto, cada elección construía o desgastaba; cada hábito dibujaba una dirección. Ahí entendí que sentirse bien no tenía una única puerta de entrada, sino que era un ecosistema. Un entramado de pequeñas decisiones que, combinadas, podían crear armonía o disonancia.

María Bear Loto

Fue entonces cuando abrí mi cuaderno invisible. Lo hice sin expectativas ni metas definidas. Solo para tomar nota. Anoté la mañana en que la meditación me regaló dos minutos de verdadera quietud; la tarde en que una caminata ordenó mis ideas; la noche en que dormí sin culpa; el día en que dije “no” sin justificarme; el primer desayuno que comí escuchando mi hambre y no mi prisa. Página tras página, sin proponérmelo, fui componiendo mi propio arte de sentirme bien.

Con el tiempo, esas notas empezaron a agruparse de manera natural. La dimensión espiritual se convirtió en el espacio donde aprendía a regresar a mí, a cultivar presencia. La alimentación dejó de ser una lista de reglas y comenzó a ser un diálogo con el cuerpo. El movimiento adquirió un significado más allá del ejercicio; se volvió expresión, liberación, equilibrio. El descanso dejó de ser un lujo para convertirse en una restauración profunda. El cuidado emocional se transformó en un modo de sentir con sentido, sin miedo. Y la salud integrativa, finalmente, reunió todo en una mirada más amplia, humana y real.

Eran caminos distintos, sí, pero se cruzaban siempre en el mismo territorio: mi vida cotidiana.

María Bear Loto

De ese primer tramo del viaje aprendí algo simple y, a la vez, definitivo: sentirse bien no es una cima ni un estado permanente. Es un oficio. Una práctica. Un ritual íntimo. A veces se manifiesta en grande, como un día claro y lleno de energía. Otras veces apenas se percibe en un pequeño gesto, una respiración que baja el ritmo, un vaso de agua tomado con atención, un pensamiento que decides no seguir, un límite que por fin reconoces.

Fue así, en la suma de esos gestos silenciosos, donde nació esta Bitácora. No como un manual ni como un sermón, sino como un cuaderno compartido. Un lugar donde ordenar este camino y acompañarlo con honestidad. Un espacio para explorar, con rigor y amplitud, las dimensiones que sostienen la vida cuando la vida va rápido. Un recordatorio de que el bienestar no se impone, se cultiva.

María Bear Loto

Si estás leyendo esto, quizás también sientas que tu propio cuaderno invisible quiere abrirse. Que llega el momento de observarte, escucharte, comprenderte. Que deseas una vida que no sea perfecta, sino verdadera. Si es así, bienvenid@. Este es el primer paso, y ya es suficiente.

Aquí comienza Bitácora

Que este camino te encuentre con claridad y con la calma necesaria para sostener tu propio arte de sentirte bien